El León de Damasco
El León de Damasco —¡Ah! ¡Si primero pudiese salvar al hijo de mis señores!… Debo intentarlo.
—Empresa vana, cuyo único resultado ha de ser que te empalen. El niño se halla muy bien vigilado.
—¿En el castillo de popa?
—SÃ.
—Pues se hará todo lo posible —repuso el albanés, decidido a realizar alguna diablura.
—¡Sobre todo ten mucho cuidado con Haradja!
—Sé de cuanto es capaz esa terrible mujer.
—¿No te ha visto nunca?
—No.
—¿Y tú a ella?
—La vi cuando combatÃa contra mi señora, y es de esos tipos que no resulta fácil olvidar.
—Efectivamente: yo no me casarÃa con una mujer de esa clase, y mi señor hizo perfectamente en dejarla plantada.
—¡Cualquiera puede asegurar si a estas horas vivirÃa! Por las venas de Haradja corre una sangre maldita que parece incitarla a derramar la de sus semejantes. Ensancha la vela del trinquete y amaina algo la vela latina.