El León de Damasco
El León de Damasco El viento era ahora mucho más intenso y alzaba imponentes olas que se estrellaban con fragor infernal alrededor de la chalupa. Extrañas luces pasaban bajo las aguas del Mediterráneo. Las medusas debÃan de haberse agrupado en buen número a dos o tres metros de profundidad y lo iluminaban con sus matices, parecidos a luces eléctricas de diversos colores.
Nikola examinó detenidamente la costa, que se perfilaba sin la menor escollera a una milla de distancia aproximadamente, y, retornando al timón, exclamó:
—Todo marcha bien.
Hacia las cuatro de la mañana los sorprendió el sol frente a una pequeñÃsima ensenada desierta que se adentraba mucho en tierra. Antaño debió de ser un importante puerto pesquero, pero los turcos no solamente habÃan destruido sus barcas y redes, sino asà mismo acabado con los pescadores. Y la destrucción mostraba huellas de haber sido reciente, ya que por entre el agua cristalina y tranquila de la rada el griego y el albano advirtieron dos hombres totalmente desnudos atados a un áncora grande de galera.
—¡Qué canallada! —exclamó el griego, mientras sus mejillas enrojecÃan como consecuencia de la ira—. Esos perros mahometanos no se hartan jamás de carne cristiana.