El León de Damasco

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A pesar de que no distinguieron por parte alguna ni exploradores ni jenízaros por tierra, ni bajel ni chalupa de ningún tipo por el mar, antes de anclar, y como medida de precaución, arriaron las velas, encendiendo al instante las mechas de los arcabuces. A escasa distancia de donde fondearon había una antigua muralla, medio quemada y derrumbada, pero que en caso de peligro podrían utilizar como refugio.

—Si llegasen, nos introduciríamos en esa caseta y los acogeríamos igual que en la granja de Damoko —comentó el albanés.

Saltaron a la playa disponiéndose para el almuerzo —ya que el almirante había hecho que les suministraran abundantes provisiones—, y luego de comer se tumbaron en la arena, bajo la sombra de la casamata, sin perder ni un solo momento de vista la lancha y esperando a que el sol comenzara a declinar.

Aunque a bastante distancia de Candía, se escuchaban de vez en cuando los cañonazos de las bombardas mahometanas contra la plaza asediada. Los estampidos de las culebrinas venecianas no llegaban a sus oídos sino muy espaciadamente y muy poco distintos.


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