El León de Damasco
El León de Damasco —No, Albania no es musulmana ni turca aún. Que acudan a nuestras montañas y ya verán si les es posible izar la enseña del sultán y la Media Luna en nuestras cumbres.
—¡Fijaos! ¡Luces!
—¡La flota del bajá!
—Espera. SÃ, es verdad. La supuse más lejos.
—¿Y tu escondrijo?
—Espera todavÃa.
La embarcación siguió navegando rápidamente una o dos millas y el griego la condujo hacia la costa, donde se distinguÃan varias escolleras y de donde llegaba el intenso rumor de la resaca.
—Ese es mi escondite. Allà existen cavernas que han sido utilizadas como refugio por muchos cristianos acosados por las cimitarras turcas. Casi no se hallan ni a un par de millas de la rada de CandÃa, y no hay otras escolleras similares en la costa. ¿Sabrás regresar a recogerme?
—No erraré. Luego de que haya entregado la misiva, si el bajá no me hace empalar o desollar, vendré en tu busca, compañero.
—Te prevengo por última vez que no pretendas apoderarte del hijo del León, ya que morirás en tu intento sin haber sido de utilidad para nadie. Ya pensaremos en arrebatarle de las garras de la tigresa de Hussif.