El León de Damasco

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Tomó el saquito con provisiones, se lo puso al hombro y, tras cerciorarse de que pendía de su cinto el yatagán, saltó a la playa.

—Debes marcharte en seguida. Los espías no escasean.

—Buenas noches, Nikola, y que Dios nos proteja.

El albano apartó la chalupa de la playa con el remo, colocó la vela al viento y partió raudo. Había caído ya la noche. El griego siguió a la embarcación con la vista mientras le fue posible y se encaminó luego a una gruta que le era muy conocida. En breves minutos se encontró donde quería. Se volvió para intentar distinguir desde aquella prominencia de más de cincuenta metros de altura a la chalupa, pero esta había desaparecido.

—¡Tremenda empresa! —murmuró—. Ese albanés tiene sangre…

De improviso sintió que le asían fuertemente por los hombros y oyó un par de roncas voces que exclamaban.

—¡Ah, perro cristiano!


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