El León de Damasco
El León de Damasco El negro llevaba aún al cinto dos yataganes. Comprendiendo que el albanés no volvería para salvarle, trabó, con los escualos, que le atacaban por todas partes, una frenética lucha. Robusto, vigoroso y excelente nadador, no iba a dejarse destrozar a la primera embestida.
Las medusas, con su brillo fosforescente, alumbraban el combate, y Mico veía con toda perfección al gigante distribuyendo tajos y mandobles a todos los tiburones y defendiendo de sus dentelladas brazos y piernas, sin dejar de lanzar horrorosas exclamaciones, que no amedrentaban en lo más mínimo a los tiburones.
Mico levantó el farol y miró. Los tiburones se habían alejado. Pero era seguro que esperarían a mayor profundidad el descenso del cadáver para devorarlo entre dos aguas con toda tranquilidad. El albanés se limpió el frío sudor que bañaba su frente y volvió a cargar con cuidado las pistolas, murmurando:
—Son instantes espantosos. Pero hay que defenderse de la forma que sea… Por otra parte, esos perros turcos son todavía más despiadados; no tienen compasión ni de las criaturas de pecho… ¡En fin! Vamos en busca del griego. La escollera no debe de hallarse distante.