El León de Damasco

El León de Damasco

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—¡Malditos sean ellos y todas las restantes fieras marinas!… Esperad, que aquí me tenéis a mí.

Se subió a uno de los bancos, en donde no era sencillo sostenerse en equilibrio a causa de las contraolas que provenían de la costa y descargó los dos pistolones. Estaba de espaldas a Mico y, en consecuencia, no podía vigilarlo.

«Ahora verás lo que es bueno», se dijo el albanés.

Y llevando a cabo su proyecto desamarró muy despacio la escota de la vela latina, tirando hacia sí el peñol. Después dio un brusco movimiento al timón y el negro se vino al agua, lanzando un alarido, entre los tiburones.

—¡Recógeme! —gritó el negro, viendo que la chalupa reanudaba su marcha normal.

—Compóntelas ahora como puedas —respondió Mico, recogiendo otra vez la escota y dando dirección a la embarcación.

—¡Criminal! ¡Ven a recogerme!

—Si deseas una de tus pistolas te la doy.

—El bajá hará que te empalen en la nave almirante.

—Ya procuraré no volver.

—¡Vuelve, miserable! ¡Te voy a desollar!

—Procura que no lo hagan contigo los tiburones antes de que puedas advertirlo.


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