El León de Damasco
El León de Damasco —Bueno. No pienses en los cequíes y piensa algo en atender a la vela.
—Estoy pensando en los tiburones.
—Pues si no pensabas ayudarme en la maniobra podías haberte quedado a bordo de la capitana.
—Ya te dije que pienso en los tiburones.
—Pues de momento no se ve ninguno. Entrégame una pistola, ya que deseas quedarte con mi arcabuz.
—Para defenderte soy suficiente yo. Las armas de fuego permanecerán a mi lado, no al tuyo. No se hable más de esto.
Mico masculló una maldición y luego de orientar de nuevo la vela retornó al timón. «Preciso librarme de este guardián molesto, ocurra lo que ocurra —pensó—. Pero ¿cómo lograrlo?».
Y el infortunado meditaba como nunca buscando una solución.
A pesar de que se había quedado sin arcabuz conservaba el kandjar, especie de daga afilada en extremo y de doble filo, muy aguda y de acero bien templado. De improviso, gritó como espantado:
—¡Los tiburones! Haz fuego o harán volcar la embarcación.
El negro se incorporó de un salto y, empuñando las pistolas, se dirigió a proa, por donde por lo visto llegaban, exclamando: