El León de Damasco
El León de Damasco —¿Qué haces? —inquirió el albanés, que empezaba a preocuparse.
—¿No has escuchado decir que por esta zona hay muchos tiburones? —replicó el negro, poniendo las armas humeantes sobre el banco—. Como nuestra chalupa es baja, esas feroces bestias podrÃan atacarnos.
—Es cierto. Asà que voy a encender yo también la mecha de mi arcabuz.
—No.
—¿Qué? ¿No?
—Solamente yo debo disparar. Trae tu arcabuz.
—Y luego solicitarás mi cabeza para hacerte con esos cequÃes que me ha entregado el bajá.
—Se me ha ordenado vigilarte, no robarte. Los cequÃes los hallaremos a paladas en CandÃa una vez que se entregue la ciudad. Debajo de esas casas ha de haber numerosos tesoros.
—¿Tú crees?
—Todos lo suponen en el campamento.
—Pues yo creo que no vais a encontrar nada más que cadáveres.
—¿Qué sabes tú?
—Es verdad que he venido del mar y no estuve en el campamento.
—¡Oro! ¡Un rÃo de cequÃes!… ¡Tesoros! —insistÃa el negro.