El León de Damasco

El León de Damasco

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Gracias, señor —dijo—. Nunca podré olvidar la generosidad del Gran Almirante.

—Puedes marcharte.

Mico, tras haber dado las buenas noches, abandonó el castillo en compañía del gigantesco negro, el cual parecía que no habría de emplear otra arma sino su terrible puño en caso de que quisiera aplastarlo despiadadamente.

—¡Ojo con los tiburones! —dijo al despedirle el capitán de la galeota—. Un navío que hace un instante ha penetrado en la ensenada asegura haber encontrado muchos.

—Dispongo de mi arcabuz —contestó Mico.

Se apartaron en seguida de la flota a fuerza de remos, y luego de orientar las velas sentóse al timón, en tanto que el negro colocábase delante de él mirándole amenazador con sus grandes ojos que semejaban de porcelana.

—Es innecesario que me mires así y mejor sería que me ayudaras en la maniobra.

—Se me ha ordenado vigilarte y no ayudarte.

—Pero ¡estúpido! ¿No te das cuenta de que no me es posible darme a la fuga por ningún sitio?

El negro, en vez de contestar, sacó de su cinto dos enormes pistolas, yesca y eslabón y encendió las mechas.


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