El León de Damasco
El León de Damasco —¿Has oÃdo, Haradja? ¡Y no es sino un sencillo marinero!… De ser yo el sultán, mañana serÃa contralmirante.
—¡Hum! —rezongó por lo bajo la castellana de Hussif.
—¿Deseas marcharte? —inquirió AlÃ, dirigiéndose al albanés.
—Si me dais vuestro permiso…
—SÃ. Pero pienso proporcionarte un compañero con el encargo de llevar a tu capitán una carta mÃa. Yo no podré arribar a Capso antes del alba. ¡Mogdor!
Un negro de gigantesca estatura, en cuyo cinto veÃase un auténtico arsenal de armas blancas y de fuego, se presentó al instante.
—Acompañarás a este hombre. Si pretende escapar, ¡mátalo!
—SÃ, amo —contestó el negro, examinando de reojo a Mico.
El Gran Almirante introdujo la mano en su faja de seda roja y extrajo un puñado de cequÃes, en tanto que decÃa:
—Toma, como recompensa a tu presteza. Si algún dÃa precisas buena ayuda, no olvides a Alà el argelino.
Y entregó las monedas al montañés, bien ignorante de aquellos gajes y mucho más de haber de regresar a Capso con aquel terrible compañero negro.