El León de Damasco
El León de Damasco —¡Una rebelión!… ¿Y después?
—Estás en lo cierto. DesearÃa ir hasta el final y bombardear incluso la mezquita, que los cristianos llaman la Iglesia de Santa SofÃa. Te haré trasladar a otra galera y me pondré en marcha, pero no solo, guste o no al sultán. Expongo mi piel en tanto que él se divierte con sus favoritas y bebe vino de Chipre. Yo soy también mahometano.
—¿Qué resuelves?
—Marchar a esa cita con una considerable escolta.
—¿Quién la mandará?
—No debe inquietarte semejante cosa. Dispongo de capitanes valerosos, leales y resueltos.
Y volviéndose al montañés, que prestaba atención para informarse de la conversación de tÃo y sobrina, le preguntó:
—¿Qué te ha dicho tu capitán?
—Que entregara el pliego en propia mano y que regresara lo antes posible.
—¡Por la muerte del Profeta! ¿Se me preparará alguna trampa?
—No creo, señor, que haya quien sea capaz de atentar contra el más grande de los almirantes de que dispone TurquÃa. Sois un hombre demasiado necesario en estos instantes.