El León de Damasco
El León de Damasco —¿Quién es su capitán?
—El capitán Rodesto. Pero…
—¿Por qué te interrumpes? —interrogó el bajá, echándole una mirada penetrante.
—Es un capitán que puede afirmarse no tiene mando, ya que el sultán ha puesto a su lado un ferik[8] que no sabe nada de cosas de mar.
—Lo creo. ¿Sabes qué desean de m�
—No, señor.
—Si me hubieras podido decir algo, te lo habrÃa pagado bien.
—Solo soy un pobre marinero y no puedo ni pensar en hacer preguntas a mis superiores.
—Tu acento es muy particular. ¿De dónde eres?
—De Albania, señor.
—¿También aquellos aguerridos montañeses se han decidido a lanzarse al mar? El Adriático se encuentra muy cerca y batido, casi de continuo, por las galeras venecianas.
Y contemplando a Haradja como solicitando de ella consejo, se aproximó a la otomana y susurró en voz queda:
—¿Qué piensas que debo hacer?
—Si no obedeces, el sultán es posible que te envÃe la corbata de seda, aunque sea en estuche de oro.
—¿Y si no acatase las órdenes que vienen de Constantinopla y no del cuartel general del visir?