El León de Damasco

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—No confíes. En Constantinopla se intriga en exceso y hay allí demasiados envidiosos de tu buena suerte.

—Estoy enterado de ello mejor que tú —respondió el almirante, que había comenzado a pasear, con aspecto bastante sombrío y apretando nervioso la empuñadura de su cimitarra—. Pero si suponen que me van a poder quitar el mando de la flota están totalmente equivocados.

En aquel instante apareció en la parte inferior de la escalera el capitán de la galeota seguido de Mico.

—Este es el mensajero —anunció aquel en cuanto subieron.

El bajá examinó fijamente al albanés, que mantenía su serenidad de costumbre, a pesar de que no desconocía que caminaba al borde del abismo.

—¿De dónde procedes?

—De Capso.

—¿Cómo has llegado hasta aquí?

—En una chalupa de vela.

—¿En Capso hay una galera?

—Sí, señor. Ha llegado directamente desde Constantinopla con orden precisa de no recalar en Candía.

—¿Cuál es el nombre de la nave?

—La Strumica.

—No la conozco. Será nueva.

—Fue botada al agua hace tres semanas.


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