El León de Damasco
El León de Damasco —Eres un necio —dijo el bajá tomando la carta que le presentaba el capitán—. EnvÃame al mensajero.
—¡Una carta del sultán! —exclamó Haradja con voz un poco alterada—. ¡Ten cuidado, tÃo! Son recados terribles, ya que por lo común terminan con la corbata de seda.
—¡Bah! Tiene demasiada necesidad de mÃ. Y, por otra parte, toda la escuadra me es leal y serÃa capaz de acompañarme frente a Constantinopla para dar un susto a esos degenerados cobardes en las exquisiteces del harén.
Desgarró cuidadosamente el gran sello, abrió la carta y leyó con rapidez.
—¿Qué sucede? —indagó Haradja, bastante inquieta.
—Se me indica que vaya con la nave almirante a la rada de Capso para recibir órdenes secretas de un alto funcionario.
—¿No estará satisfecho el sultán con las operaciones del sitio de CandÃa?
—Es posible —convino el bajá, que parecÃa bastante preocupado—. ¿Supondrán en Constantinopla que es posible destruir una fortaleza como esa en un dÃa? Que acudan aquà esos altos funcionarios a probar las espadas y las culebrinas de los venecianos.