El León de Damasco
El León de Damasco Ordenó llevar a remolque la embarcación con dos marineros en su interior y la galeota avanzó a remo hasta el centro de la escuadra turca.
Al parecer existía aquella noche tregua entre sitiadores y sitiados, ya que por ambos bandos permanecían en silencio culebrinas y bombardas.
La galeota llegó junto a la nave almirante y pasó a la galera del bajá, el cual se hallaba fumando tranquilamente su narguilé en una mesa en la cual comía con su Estado Mayor. De cuando en cuando bebía disimuladamente un buen trago de vino.
A breves pasos de él, en una otomana de seda blanca arrimada contra la pared de babor, estaba sentada Haradja, envuelta en una ligera colcha de seda, por ser la noche algo fresca. Un poco pálida, resaltaba más en su semblante el extraordinario brillo de sus negros ojos.
—¿Qué deseas? —inquirió Alí al ver presentarse al capitán de la galeota por la escala del castillo.
—Hay noticias de Constantinopla y llevan el sello del sultán, señor.
—¿Una carta?
—Sí. La trae un marinero que procede de la ensenada de Capso.
—¿Quién es?
—No me he atrevido a preguntarle.