El León de Damasco
El León de Damasco Mico amarró el bote a la escalera y subió con agilidad, alcanzando la toldilla, donde apareció ante él un capitán, acompañado por media docena de oficiales. El hombre dejó caer sobre el cuello de Mico una pesada mano con dedos como tenazas y dijo:
—Muestra la carta.
—He de entregarla personalmente en manos del bajá.
—¿Imaginas que voy a ser tan necio que la abra?… El Gran Almirante sería capaz de empalarme y de momento no tengo la menor gana de… Primero me apetece ver la total destrucción de Candía.
Unos marineros habían llevado faroles. Mico sacó la misiva de un bolsillo interior y enseñó al sorprendido capitán los grandes sellos del sultán.
—¡Por la muerte de todas las huríes del paraíso! ¡Magnífico negocio hago si ametrallo a este hombre!… Y los sellos son auténticos. Los conozco de sobra.
Después, examinando fija y algo recelosamente al mensajero, le preguntó:
—¿Quién te la ha entregado?
—No puedo decirlo… Son problemas que solo interesan al bajá… y también a mí, si aprecio en algo mi pellejo.
—Estás en lo cierto. Todavía eres joven y puedes ser testigo de numerosas victorias del Islam.