El León de Damasco
El León de Damasco —La he visto. Al parecer va curándose.
—Las tigresas se curan en seguida.
Orientada la chalupa, aprovecharon que el viento era favorable para explicarse las aventuras acontecidas a cada uno.
—Dios nos ha protegido —comentó el griego—. Pero te garantizo que no desearÃa hallarme en situación semejante a la de esta noche pasada.
—Ni yo. Aún creo tener delante aquellos ojos del gigantesco negro, que se clavaban en mà como si quisieran hipnotizarme.
—Pero lo devoraron los tiburones.
—Por suerte para mÃ, ya que de otra manera hubiera tenido que librar un combate cuerpo a cuerpo y estas embarcaciones no son adecuadas para los movimientos rudos.
—¿Entonces estás convencido de que el bajá cayó en la treta? —Oà que le decÃa a Haradja que irÃa a la entrevista, pero no solamente con la capitana.
—Ya veremos lo que acontece. ¿Y es la tigresa de Hussif la que se halla al mando de la escuadra…? Apresuremos la marcha para intentar llegar cuanto antes.
El griego orientó mejor las velas y se sentó frente a la proa con el arcabuz.
Las enormes pistolas del negro continuaban humeando en el banco de popa.