El León de Damasco
El León de Damasco El falucho, que debía ser muy veloz velero, adelantaba camino a cada instante, aminorando la distancia y pretendiendo abordar para poder efectuar una descarga de metralla. Se hallaba ya luchando con la resaca pero no decrecía su rapidez.
—¿Cuál es tu opinión? —inquirió al poco rato el albanés.
—Que no veo ya otra solución que destrozar la chalupa contra cualquier escollo y huir por tierra.
—En tal caso, choco.
—No. Espera aún.
Un nuevo disparo. Y en esta ocasión era ya una lluvia de metralla, parte de la cual se abatía sobre la chalupa, cayendo, como consecuencia de ella, quebrados el bauprés y el peñol. Nikola apagó el farol. El falucho solo se encontraba a cuatrocientos metros y podía ya cañonear a placer a la chalupa.
—¡Un banco a proa! —exclamó el griego—. Encalla la chalupa y cuidado con las armas, que nos serán necesarias después.
El albanés tiró con rapidez de la barra del timón. La embarcación brincó sobre una ola fosforescente por las medusas que llevaba consigo y chocó violentamente, quedando encallada.
—¡A tierra! ¡Tírate al agua! —gritó Nikola.