El León de Damasco

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Mico cogió las dos pistolas y las municiones y, aunque debido al choque se había golpeado con fuerza la frente en el banco de popa, saltó entre la fragorosa resaca y nadó hacia tierra, llevando en alto las armas con el fin de que la espuma no apagara las mechas.

—¡Rápido, Mico! —previno el griego, que ya había llegado a tierra—. Ocúltate detrás de cualquier roca o la metralla te acariciará la carne.

La costa era muy idónea para encontrar en ella refugio, ya que imponentes bloques de piedra habían rodado desde arriba, y veíanse amontonados acá y allá, constituyendo auténticos escollos inaccesibles incluso para la artillería de grueso calibre. Los fugitivos cruzaron el banco, a pesar de la violencia de la resaca, y se precipitaron entre aquella rocosa confusión. Acababan de parapetarse cuando el falucho disparó un nuevo metrallazo.

—Si te llegas a retrasar un poco, ya tendrías en el cuerpo una docena de esos proyectiles, que hacen sudar incluso en mitad de los hielos.

—¿Qué es entonces lo que los turcos utilizan como metralla, Nikola?

—Clavos y restos de hierro usado, que pueden ocasionar infecciones incurables.

Otra lluvia de metralla barrió las rocas, pero ya los fugitivos se encontraban a salvo.


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