El León de Damasco

El León de Damasco

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—Esto es gastar pólvora en vano —comentó Nikola, que conservaba su extraordinaria serenidad.

—¿No pretenderán desembarcar?

—Es fácil, pero no antes del alba. En consecuencia, disponemos de un par de horas de tregua.

—¿Para escapar a Capso?

—No urge. Aquí nos encontramos como tras las murallas de Candía.

—Es que desearía ver en seguida al almirante y a mi amo.

—Que esperen un poco. ¿Deseas partirte una pierna entre estas rocas? Hay que esperar a que se desvanezcan las tinieblas.

Se habían protegido en una especie de pozo formado por enormes piedras casi cerradas y que ni las bombardas turcas hubieran podido destruir. El falucho, bastante próximo a la playa, proseguía lanzando metralla en todos los sentidos, ya que ninguno de los que componían la tripulación del barco había podido ver en qué lugar se escondieron los fugitivos.

Los dos tuvieron buen cuidado de no contestar a los disparos. El griego solo disponía de un arcabuz y el albanés de las grandes pistolas del negro, ya que este, al precipitarse en el mar, cayó con el mosquete de Mico. Por consiguiente, permitieron que el falucho se desahogara disparando quince o veinte metrallazos.


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