El León de Damasco
El León de Damasco —Déjame una de tus pistolas para encender la mecha de mi arcabuz y emprendamos la marcha. Si hacia el alba nos distinguiesen nos matarÃan desde la falucha. Encomiéndate a tus piernas y procura no caer entre esas rocas.
—¡Bah! Soy un montañés. Emprendamos la marcha cuando te parezca.
—Espera que disparen de nuevo.
No esperaron mucho. Los tripulantes del falucho, aunque ya sin esperanzas de alcanzar a los fugitivos, continuaban disparando algún metrallazo de vez en cuando.
—¡Vamos, Mico!
Abandonaron su escondrijo y a pesar de que se veÃa muy confusamente escalaron las rocas, alejándose unos cien metros y dejándose caer de improviso entre otro montón de piedras.
—No avancemos ni un paso más, pues van a dispararnos otra vez.
Efectivamente. El disparo se oyó casi al instante y la granizada de metralla fue a estrellarse contra las rocas, a veinte metros escasos de las cabezas de los perseguidos.
—¡Miserables! —exclamó el albanés—. ¿Habrá entre esos turcos alguno que posea los ojos como los de un gato? De no ser asÃ, no entiendo cómo la metralla nos persigue en nuestra retirada.