El León de Damasco
El León de Damasco —Aprovechemos en tanto que carga de nuevo, Mico. Tú procura no romperte una pierna y yo respondo de nuestra salvación.
Volvieron a trepar dificultosamente, con gran fatiga, y temiendo ser acribillados a cada segundo. De esta manera escalaron otro centenar de metros. La cumbre no distaba arriba de unos ciento cincuenta metros y en otra carrera la podrÃan alcanzar.
—¡Quieto, Mico!
Los clavos y restos de hierro viejo arrojados por la maldita culebrina cayeron junto a ellos, luego de estrellarse contra las rocas, a quince metros aproximadamente de sus cabezas.
—¿Verán realmente, Nikola?
—¡Bah! Disparan al azar, imaginando que debemos intentar pasar la cima.
—¿Y de qué forma te las arreglas para adivinar el instante del disparo? En cuanto me haces parar, disparan.
—Es que he sido artillero y sé lo que precisa una culebrina para cargarse.
—¿Trepamos?
—No. Esperemos en este lugar, ya que nos encontramos a salvo y veremos al siguiente disparo si los turcos alteran la punterÃa.
—¿Y supones que a la primera claridad del alba desembarcarán y nos perseguirán por tierra?