El León de Damasco

El León de Damasco

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—Es lo más posible. El capitán del falucho ha debido recibir instrucciones para vigilar atentamente la chalupa. Hará, por tanto, cuanto pueda por apresarnos, aunque haya de darnos caza de roca en roca.

—¿Cuántos hombres suelen llevar las faluchas?

—Por lo común una docena como máximo.

—¡Bah! Una docena no es una gran cosa. Protegidos tras estas rocas, tú con tu arcabuz y yo con mis pistolas, podríamos mantenerlos a raya.

¡Bum! La culebrina del falucho no disparó en esta ocasión con metralla, sino con bala. Una pelota de plomo, de tres o cuatro libras como máximo, fue a estrellarse contra una alta roca a cien pasos de los fugitivos.

—¡En pie, Mico! Otra pequeña carrera en tanto que vuelven a cargar la pieza.

Se precipitaron por un canalón que parecía haber sido labrado por el agua y alcanzaron, por último, un lugar situado a unos trescientos metros del nivel del mar.

—¿Y ahora qué hacemos? —inquirió el montañés, dejándose caer a tierra, fatigado por aquella continua carrera.

—Descansemos un momento a ver si entretanto se hace de día y nos es posible orientarnos. De todas maneras, antes de que los turcos salgan y trepen hasta esta cumbre tenemos tiempo, ya que ellos no tienen las piernas de los cretenses ni los albanos.


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