El León de Damasco
El León de Damasco Otro proyectil silbó por encima de sus cabezas.
—¿Distingues tú la falucha, Mico?
—Solamente su farol.
—Debe encontrarse muy próxima a la playa.
—Eso creo.
—Reposemos todavía cinco minutos y luego, disparen bala o metralla, emprendamos la marcha. Procuraremos poner entre nosotros y los turcos una honorable distancia.
—Pero ¿serás capaz de conducirnos a la ensenada de Capso, Nikola?
—Es suficiente con seguir la costa y podemos caminar con relativa rapidez, ya que se encuentra llena de piedras y el terreno es apropiado.
—¿Vamos?
El griego no contestó. Se había inclinado hacia delante con el arcabuz y escuchaba con atención.
—¿Qué ocurre, Nikola? —indagó en voz baja Mico, cogiendo sus pistolones.
—Se acercan.
—¿Ya han desembarcado?
—Eso me parece.
—¿Vamos a permanecer aquí?
—Sí. Nos hallamos bien resguardados lo mismo de las balas de arcabuz como de la metralla. Fíjate bien.