El León de Damasco
El León de Damasco El albano, asomando la cabeza por encima de las rocas, creyó ver algunas sombras trepando igual que gatos.
—Sí. Son los turcos, Nikola.
—¿Los distingues?
—Bastante bien.
—Dispara tus pistolas. Ya dispongo del arcabuz, como reserva.
—Espera un instante que los vea mejor.
—¿Se hallan muy cerca?
—Creo que a unos quince metros.
—Dispara, Mico.
Este hizo lo que el otro le indicaba, descargando sus pistolas. Se escucharon dos alaridos, maldiciones y rodar de piedras. Los turcos huían. La culebrina estaba presta a contestar, incluso exponiéndose a herir a los mismos asaltantes. No obstante, disparó con bala y a excesiva altura.
—¡Muy mal! —exclamó Nikola—. Aquí era necesaria la metralla, aunque fuera con riesgo de herir a los compañeros. Bien; aceptando que la tripulación se compone de doce hombres nada más, solamente deberemos enfrentarnos a diez.
—¿Supones que les he matado?
—Al brillo del fogonazo he observado caer rodando a dos de esos bandidos. Compañero, en Albania disparan bien.