El León de Damasco

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—Vivimos de continuo con las armas en la mano por temor a un ataque inopinado de los turcos y nos entrenamos para ser buenos tiradores.

—Bien, carga y emprendamos la marcha hacia la ensenada de Capso. No deseo que cuando llegue el día continuemos aquí.

El albanés volvió a cargar sus pistolas y se puso en marcha detrás del griego, que avanzaba con rapidez.

—Aunque llegaremos tarde, llegaremos.

—Con los turcos pisándonos los talones.

—¡Déjalos! Sabemos defendernos.

El falucho proseguía disparando unas veces metralla y otras simple bala, sin que los fugitivos se preocupasen por ello. Al alcanzar una zona de terreno bastante lisa aprovecharon para efectuar una rápida carrera, si bien no sabían dónde irían a parar, ya que aún faltaban unas horas para que saliera el sol.

Después de un cuarto de hora de correr, acosados siempre por los tiros de la culebrina, se detuvieron para tomar aliento.

No tardó en terminar el terreno llano y de nuevo se hallaron entre rocas. Cuando alcanzaron aquel lugar se sintieron aliviados, ya que no podía alcanzarles ningún proyectil disparado desde el mar.


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