El León de Damasco
El León de Damasco —¡Rápido, rápido! —exclamaba Nikola, mirando a cada momento el firmamento, como si temiera que se hiciera de dÃa demasiado pronto.
Y corrÃan estimulados por las ininterrumpidas detonaciones, que se sucedÃan de manera inquietante sin cesar. Luego de haber corrido durante otros veinte minutos se detuvieron otra vez, sentándose en la cima de una cresta. A una parte rugÃa el mar, al otro lado los grillos cantaban alegres en los desiertos campos.
—¿Qué hacemos, Nikola?
—Reponernos de la fatiga —respondió el griego.
—¿Y la ensenada?
—TodavÃa está distante.
—¿Nos darán caza los turcos antes de que lleguemos?
—Para algo tenemos piernas.
—Lo que me preocupa es no haber podido salvar al hijo del León de Damasco.
—En este momento, si lo hubieras pretendido, te encontrarÃas desollado, empalado o destrozado.
—Eso creo.
—Lo que yo deseo saber es de qué manera acabará esto.