El León de Damasco

El León de Damasco

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—Que se nos trate como a mensajeros del Gran Señor, que nos envía a vigilar el comportamiento de Haradja.

—Así comeremos y beberemos alegremente hasta que se presente la oportunidad de salvar a vuestro padre.

—Ya que Haradja y Metiub se encuentran en Candía, al gobernador que hayan dejado en el castillo le impondré el mandato del sultán para que liberte a vuestro padre. Ya verás cómo todo sale perfectamente, siempre que Haradja continúe unos pocos días más con su tío.

—¿Y si regresa?

—Espero que no, ya que su herida no está curada aún. Pero si inopinadamente volviera con las galeras de Alí, quedaríamos detenidos en el hisar[9].

—Es cierto, ya que el almirante, con todo su buen deseo, se vería obligado a dejarnos y refugiarse en algún puerto de Chipre hasta recibir ayuda.

—¿Cuál es tu opinión, Nikola, respecto al fin de esta guerra?

—Candía continúa aguantando bien y la Serenísima dispone de imponentes arsenales capaces de botar al agua las más soberbias galeras. Me parece, señor Muley, que no habrá de pasar mucho tiempo antes de que se libre una batalla terrible, espantosa, entre cristianos y mahometanos. Y los derrotaremos. Oí explicar al almirante que las potencias cristianas se disponen a dar el golpe definitivo a esos perros.


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