El León de Damasco
El León de Damasco —Pero aún no han podido ponerse de acuerdo, mi apreciado Nikola. Cada Estado tiene intereses opuestos.
—¿Y van a permitir que continúen asesinando a cuantos cristianos les sea posible? ¿No llega el eco del cañoneo de CandÃa hasta la desembocadura del Adriático?… No sé si estarán enterados de que diez mil valientes han muerto ya entre las ruinas y el bombardeo, y de que los veinte mil que aguantan, resistiendo el hambre dÃa a dÃa, realizan sobrehumanos esfuerzos por la gloria del León de San Marcos.
—Tal vez en esto, Nikola, radique el que las potencias cristianas no se auxilien entre sà tanto como pudieran: cada una intenta aumentar su poder, sin pensar que el interés máximo de todas serÃa unirse para combatir al común enemigo, tanto para defender a la que se encuentra en mayor peligro como para salvaguardar la religión que se precian de profesar. ¡Ojalá todas poseyeran el ardor que puso España en su guerra secular contra el sarraceno!
—Yo he navegado por aquellas costas de Alicante a Gibraltar, de Barcelona a Cádiz y conozco muy bien aquella tierra.
—¡Alto! —gritó en aquel instante el albanés sentado a proa.