El León de Damasco
El León de Damasco La chalupa se hallaba ya a dos o tres millas del castillo de Hussif, que ofrecía un imponente aspecto con sus terrazas llenas de aspilleras, sus bastiones, sus torreones y sus reductos, muy próximos entre sí y pareciendo otros tantos tigres en acecho. En uno de los más sólidos bastiones desplegaron una enorme bandera roja, con una media luna, pero sin estrella, como si anunciara a los navegantes:
«¡Cuidado! ¡Aquí gobierna el turco! ¡Esta es la guarida de la sobrina de Alí-Bajá!».
Después se elevó una nubécula de humo y retumbó en el espacio un seco estampido.
—Es un aviso —dijo Nikola—. Con este cañonazo sin proyectil nos invitan a presentar nuestra enseña. ¿Es que no distinguirán la bandera turca que tenemos izada? Seguramente, ahora que la fiera señora y su capitán de armas no están, todos los que hay allí se habrán emborrachado.
—Mico —ordenó el León de Damasco—, contesta tú también con un disparo sin bala, antes de que nos larguen alguna piedra que nos haga naufragar.
—Permitidnos hacer, señor Muley —replicaron los oficiales de marina que ocupaban la proa.