El León de Damasco

El León de Damasco

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Ya señalamos que la chalupa disponía de dos pedreros, armas ligeras, pero bastante eficaces en determinadas circunstancias, en especial si el combate se libraba a breve distancia. Dispararon uno de ellos cargado solo con pólvora, mientras que el otro, por precaución, era cargado con bala.

Casi al instante la gran bandera turca de la fortaleza fue puesta a media asta y volvió a ser izada en seguida. Se trataba del saludo; la chalupa podía seguir adelante sin peligro. Si la tigresa se hubiera hallado en su refugio, semejante maniobra no hubiera tranquilizado a nadie. Pero conociendo que se hallaba, curándose la herida, a bordo de una galera, y que al capitán de armas le acontecía otro tanto, prosiguieron su avance.

Nikola lanzó una rápida ojeada a la pequeñísima ensenada, en la que solamente podían caber media docena de galeotas, y observó con todo detenimiento el paso repleto de grandes peñas, hechas rodar desde arriba con toda seguridad.

—¡Recoged las velas! ¡A los remos! —ordenó—. Vos, señor Muley, poneos al timón.

—Yo poseo también buenos brazos para usar el remo.

—Ya lo sé. Pero un enviado del sultán no puede rebajarse a tal menester. Esa chusma que vigila todos nuestros movimientos recelaría si os viese remar igual que a un galeote.


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