El León de Damasco

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—Bueno. Deja pasar y manda a todos esos negros parapetados ahí arriba con los arcabuces dispuestos que marchen a tomar el almuerzo, ya que de momento no precisamos sus servicios.

El turco, impresionado por el aspecto de Muley-el-Kadel, quien, si bien lucía ropas sencillas, podía, por lo menos, pasar por un effendi, se acarició un momento sus largas barbas negras, apagó las mechas de sus armas y dijo a los negros parapetados a sus espaldas:

—El mensajero del sultán os manda que vayáis a tomar el almuerzo. ¡Fuera!

Los diez o doce arcabuceros se alejaron a toda prisa. La chalupa fue amarrada a un anillo de bronce fijo en el desembarcadero y que se hallaba adornado con el León de San Marcos y el fingido embajador y sus compañeros, armados de una forma formidable, desembarcaron.

—Conduce. Me imagino que tendrás también comida para nosotros. El aire del mar despierta el apetito.

—Sí, effendi.


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