El León de Damasco
El León de Damasco —No te interesa. Lo que deseo saber es quién gobierna en este momento el castillo. Traigo una carta del sultán.
—¿Es para mi señora?
—Nada de eso. Es para la persona a quien ha confiado tu señora el mando del castillo.
—Soy yo. Nombrado capitán de armas, yo soy el único que manda en este lugar hasta la vuelta de mi señora.
—En tal caso tú abrirás la carta del sultán.
—¡Yo! —exclamó el hombre corpulento, tornándose lÃvido.
—Se me ha ordenado entregarla al gobernador del castillo y si este eres tú, abrirás la carta.
—¿Y no me mandará después el sultán una corbata de seda por haber mancillado sus sellos con mis impuras manos?
—¡Necio! Cuando te afirmo que tengo orden de hacerlo de esta manera, no debes sentir ningún temor. Déjanos desembarcar y vamos a leerla juntos, si bien ya sé de memoria lo que dice. Y en primer lugar, ¿cómo te llamas?
—Sandiak.
—¿Asà que eres asiático?
—SÃ, señor.