El León de Damasco
El León de Damasco —Yo lo sé, y es suficiente.
Dos minutos más tarde el gigantesco Hamed trasladaba en sus hercúleos brazos a un anciano de larga barba blanca envuelto en una soberbia cubierta de seda adamascada. Se trataba del padre del León de Damasco, y fue colocado encima de dos culebrinas que Metiub hizo situar juntas, a pocos pasos de Haradja.
A pesar de que debía de haber rebasado ya los sesenta años, el anciano tenía un arrogante aspecto, facciones enérgicas y nobles y ojos aún brillantes que denotaban el veterano e indomable guerrero. Contempló fijamente a Haradja y la interpeló de la siguiente forma:
—¿Quién eres, que has osado atacar mi nave? ¿No te has fijado en mi bandera, la del bajá de Damasco?
—¿Y no te has fijado tú en la mía? Pues fíjate en ella.
El anciano levantó la vista y sus labios exhalaron una exclamación que denotaba cólera y sorpresa.
—¿Y qué desea de mí el Gran Almirante? —dijo—. Mejor sería que ocupase su tiempo y sus galeras frente a Candía.
—No es él. Yo soy quien desea algo de ti.
—¿Y tú quién eres?
—La sobrina de Alí Bajá.
—¿La gobernadora del castillo de Hussif?
—Esa misma.