El León de Damasco

El León de Damasco

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—¡Bah! El Profeta tiene la manga ancha.

En ambas naves imperaba un absoluto silencio: tranquilo entre los tripulantes de la galera; preñado de amenazas que no osaban ponerse de manifiesto entre los marineros de la galeota, los cuales todavía poseían sus armas. Pasado un rato, Haradja preguntó a Metiub:

—Pero ¿qué ocurre? ¿Tanto te ha impresionado la muerte del capitán damasceno? Cierto es que era tu camarada de armas.

—¿Qué pretendes dar a entender? —inquirió con bastante acritud, algo molesto, Metiub.

—Apodérate de las armas de esos hombres y de su navío. Las cincuenta galeras están esperando solamente mi señal, una enseña azul con banda amarilla izada encima de la de mi tío, para barrer y destruir con sus mil culebrinas esa galeota…

Estas palabras las pronunció en voz alta para que pudieran oírlas bien los damascenos. Y Metiub ordenó:

—¡Abajo las armas! Así lo desea la sobrina del Gran Almirante.

Tras una breve vacilación, los tripulantes de la galeota apagaron las mechas y dejaron caer en cubierta los pesados arcabuces, aunque las cimitarras y los yataganes fueron arrojados al mar.

—Ya está —anunció Metiub a su señora.

—Ahora trae a mi presencia al bajá.

—¿Qué pretendes hacer con él?


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