El León de Damasco

El León de Damasco

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La joven continuaba contemplándole impertérrita. En las cubiertas de ambas naves imperaba un silencio de muerte. La sobrina de Alí lo quebró para ordenar, en tanto que se sentaba sobre una culebrina:

—Metiub, ese hombre me fastidia con sus alaridos. Mátale de un arcabuzazo.

—No me ordenes cometer canalladas, señora. Déjale que muera en paz.

—En este momento eres tú más cruel que yo. Su agonía podría prolongarse más de una hora, y sin esperanzas de regresar con vida a Damasco. Y además, las huríes del Profeta esperan anhelosas y sonrientes a los valientes guerreros del Islam.

—Acaso estés en lo cierto. Pero este trabajo lo puede realizar Hamed. Yo combato, pero no asesino.

—Ya le has oído, Hamed —notificó Haradja al negro.

—Sí, señora.

El verdugo de la galera tomó un arcabuz, sopló la mecha, disparó, y la bala, penetrando en el cerebro del torturado, le mató al instante.

—¡Ea! Ya se encuentra en los brazos de las huríes. ¡Qué recompensa la que reciben nuestros guerreros!… Por el contrario, nosotras, infortunadas mujeres…

—Pero ¿se hallará en brazos de las huríes? —adujo, con acento de burla, Metiub—. No ha muerto luchando contra los cristianos.


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