El León de Damasco

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Se interrumpió y lanzó un terrible grito que hizo palidecer a todos los marineros de la galeota. Hamed, con un tirón mayor de la cuerda, le hizo estrellarse contra los arpones, y uno de estos se le hundió junto a la columna vertebral. El infortunado hombre quedó un instante clavado en el peine, pero después lo sacaron de allí y de nuevo le balancearon.

Nuevamente emitió un espantoso grito. Dos arpones se le habían hundido con gran fuerza en el vientre, surgiéndole por la espalda casi un palmo las afiladas puntas ensangrentadas.

Un bramido de furia salió de entre los hombres de la galeota. Pero no hubo ninguno que se atreviera a intentar de nuevo sublevarse. Se consideraban perdidos más que derrotados. A no ser por las cincuenta galeras, que se hallaban muy cerca, aquel grupo de bravos, ya que todos los turcos del Asia Menor son en extremo valerosos, no habrían dudado ni por un momento en iniciar una desesperada lucha.

Otra vez había sido desclavado el capitán, y por sus terribles heridas se le iban la sangre y los intestinos; hipaba con dificultad, y en los estertores de su agonía profería furiosas injurias e incluso blasfemias contra el Profeta.


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