El León de Damasco

El León de Damasco

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—Sí, lo que tú deseas es mi vida. Lo he advertido. Conforme: tómala y que te aproveche.

—Si hablas, nada se te hará.

—No sé la menor cosa.

—¡Hazle danzar! Ya comprobaremos si cuando notes el aguijón de las puntas de acero te decides.

—Perderás el tiempo en vano.

—¡Báilalo, Hamed! —barbotó la sobrina de Alí.

Los marineros de la galeota, que temblaban de ira al ver a su capitán impulsado contra las púas de acero que amenazaban desgarrar sus carnes terriblemente, apuntaron los arcabuces. Pero las ocho culebrinas y los treinta arcabuces que los vigilaban les hicieron comprender lo aconsejable de reprimir su indignación, teniendo, además, presente que las cincuenta galeras solo aguardaban una indicación para asaltar a la nave damascena.

—¿Confesarás? —inquirió por última vez Haradja.

—No sé nada.

—Entonces que el profeta, en su infinita misericordia, te acoja.

—¡Perra maldita! Asesinas a un hombre por cuyas venas corre la misma sangre que por las tuyas, pues yo soy también turco y…


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