El León de Damasco

El León de Damasco

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El albano, que ya había descendido cincuenta escalones sin alcanzar los calabozos, se aproximó bruscamente al armenio, diciéndole:

—¿Deseas que haga escribir al sultán para que ordene arrancarte la lengua? Debes saber que tenemos ocho galeras merodeando ante el hisar y tripuladas por hombres fieles en extremo al Príncipe de los creyentes. Sería suficiente que hiciéramos una señal para que vinieran y en tal caso no respondo de tu vida. Aparte de eso, mi señor puede hacer matar o empalar a quien sea sin tener luego que informar a nadie; ni siquiera al Gran Visir de Constantinopla.

—No te ofendas, effendi —respondió el armenio, que de improviso tornó su tono muy humilde—. Solamente pretendía bromear.

—En Albania nos complacen poco las bromas.

—¿Eres albanés?

—Sí.

—Se te nota en el acento, señor —observó Sandiak—. Yo he pasado bastante tiempo por esas regiones luchando contra los bosnianos que no querían renegar de la Cruz, hace ya unos años.

—¡Ochenta! ¿Pero cuándo acaba esta escalera?

—Ya solo faltan unos diez peldaños.

—Entonces, bajemos.


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