El León de Damasco

El León de Damasco

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La escalera se ampliaba por aquella parte y los escalones estaban húmedos y escurridizos debido al agua que se infiltraba entre las rocas. Al momento se detuvieron frente a una mohosa puerta de hierro llena de enormes puntas metálicas.

—Esta es —anunció el gobernador sacando una gran llave de su cinto.

Una vez que la puerta quedó abierta, los siete hombres se encontraron en un amplio subterráneo alumbrado por un rayo de luz que no podía averiguarse de dónde provenía y en mitad del cual se hallaba una cama como único mobiliario. Sobre ella descansaba el bajá de Damasco.

—Como comprobaréis, señores, el preso se halla aún con vida. Podéis notificárselo al sultán para que no imagine que mi señora lo estaba torturando.

El bajá, al escuchar aquellas voces, se incorporó y quedóse mirando a los recién llegados.

—¿Qué deseáis? —inquirió enarcando las cejas—. ¿No se conforma Haradja con haber empezado a desollarme y encerrarme después en esta prisión, que el mar golpea día y noche, no dejándome dormir?

—Señor —contestó Mico—. Tengo orden de libertaros y hacer que os trasladen a otra habitación del castillo, donde os sea posible descansar y curaros, si aún no ha cicatrizado vuestra herida. Aquí hay excesiva humedad.


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