El León de Damasco

El León de Damasco

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—¿Quién eres tú? ¿Otro capitán de armas de este maldito hisar?

—No, señor. Dejaos trasladar sin ofrecer resistencia y os aseguro que dormiréis en una estancia inundada por el sol.

—O me arrojaréis al mar desde lo alto de una terraza. Todo puede esperarse de Haradja.

—No. Os lo juro por el Corán.

El bajá, que no tenía aspecto de haber sufrido demasiado ni por el cautiverio ni por la desolladura, echó a un lado la colcha damasquina y se levantó, diciendo:

—Si es para pasar a otra habitación, vamos. Por mala que sea no será peor que esta.

Estaba vestido y se mantenía erguido, a pesar de que ya no era nada joven. Echó una profunda mirada al calabozo, como si pretendiera grabárselo en el cerebro, y agregó:

—¡Has jurado por el Corán…! ¡Vamos!

—Dejad que os ayude a subir la escalera.

—Como desees.

Abandonaron el subterráneo sin preocuparse en cerrar de nuevo la pesada puerta y cinco minutos más tarde alcanzaban la amplia explanada del castillo. El armenio disimuladamente desapareció. Sandiak hizo atravesar al anciano varias habitaciones en las que penetraba el aire y el sol, indicándole:


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