El León de Damasco
El León de Damasco —Elegid, señor; la que más os agrade os servirá de momento de prisión.
—Cualquiera. Por lo menos aquà me será posible dormir. Notifica a Haradja que en ese subterráneo no puede vivir nadie arriba de tres meses. ¿Dónde está en estos momentos la sobrina del bajá?
—En CandÃa —repuso Mico.
—¿En el asedio?
—SÃ, señor.
—Haciendo compañÃa a su gran tÃo —dijo el bajá con acento irónico.
Finalmente, luego de recorrer de nuevo las estancias, escogió una de ventanas ojivales que dejaban ver gran extensión del Mediterráneo.
—Marchaos todos y dejadme dormir —dijo, desplomándose en un diván soberbio, como exhausto de fatiga.
—Idos —ordenó Mico a los venecianos y al gobernador—. Voy a permanecer aquà hasta ver si se adormece y después me reuniré con vosotros.
Fue con ellos hasta la puerta, esperó unos minutos y cuando ya no distinguió el menor ruido en la marmórea escalera aproximóse rápidamente al anciano guerrero asiático, quien se levantó con agilidad, imaginando alguna traición, y dijo:
—¿Qué deseas? ¿Eres uno de los esbirros de Haradja? Pues cumple tu misión al instante. La vida no me interesa.