El León de Damasco

El León de Damasco

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El albano sacó de su cinto las pistolas y los yataganes, los puso sobre el lecho y contestó:

—Aquí tenéis, señor, armas para defenderos si alguien os acomete. Pero en el hisar hay alguien que cuida de vuestra seguridad, y ¡desgraciado del canalla que pretendiera haceros algo!

—¿Quién es esa persona?

El montañés se inclinó, acercando su boca al oído del damasceno como si temiera que pudieran oírle.

—Vuestro hijo —susurró.

El anciano dio un respingo y permaneció silencioso por un instante, clavando en el albano la vista, todavía viva y brillante.

—¡Mi hijo en este lugar! —balbució por fin.

—Si, effendi.

—¿Está detenido también?

—Se halla como amo y señor del hisar, por lo menos hasta que se aproxime la flota de Alí.

—¿Cómo le ha sido posible…?

—Él os lo explicará.

—¿De qué forma habéis venido?

—En galeras venecianas.

—¿Así que llegó a oídos de Muley que yo estaba prisionero?

—Sí, effendi.

—¿Y pensó en libertarme? ¿Y su esposa? ¿Y su hijo?


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