El León de Damasco
El León de Damasco —Él os lo comunicará de aquà a breves minutos.
—¿Continúa siendo cristiano?
—Siempre, effendi.
—Ha hecho bien. Yo pienso también renegar. Llámale.
—Voy, señor; guardad mis armas.
—No; solamente un yatagán. Mi brazo aún es fuerte.
—De acuerdo. Voy a avisar a vuestro hijo, pero sed cauto, ya que estoy seguro de que nos vigilan mucho.
—No pierdas cuidado. No brotará de mi garganta una simple exclamación… Pero corre…
Mico cerró bastante la ventana, que tenÃa vidrieras azules y anaranjadas, cruzó sigilosamente la estancia, bajó los escalones y, luego de detenerse un instante apoyándose en el parapeto para ver si distinguÃa las galeras venecianas, penetró en el salón, donde encontró a su señor fumando un chibuquà lleno de aromático tabaco de Morea.
Nikola se encontraba junto a él, y un poco separados los cuatro venecianos conversaban en voz baja, siempre preparados para acudir a la primera orden y a hacer abollar sus magnÃficas corazas de Milán, que eran más resistentes que las de los turcos.