El León de Damasco
El León de Damasco —Podéis ir a ver a vuestro padre, señor Muley. Pero que vayan con vos Nikola e incluso los venecianos, porque recelo una traición…
—¿Hay algún peligro?
—De momento ninguno, pero…
—¿Cómo se encuentra mi padre?
—Como si no le hubiera ocurrido nada.
—¿Y Sandiak?
—Ahora mismo le he visto conversando con los kurdos —repuso el griego hablando con acento suspicaz.
—¿Y el armenio?
—No lo sé y me hace sospechar bastante.
—Al parecer te ha sido antipático.
—Me inquieta más ese hombre que el capitán de armas, señor; esas miradas suyas me hacen recelar.
Muley vació el chibuquÃ, echó una rápida ojeada a sus armas y dijo a los venecianos:
—Vamos, señores, a tomar posesión del castillo. No descuidéis los arcabuces. No sabemos qué puede acontecer.
Los siete hombres, conducidos por Mico, abandonaron el salón y se encaminaron hacia la escalera de mármol que llevaba hasta la habitación destinada al bajá.