El León de Damasco
El León de Damasco Nada más habían salido cuando por dos puertas diferentes penetraron cauta y sigilosamente Sandiak y Hassard. Los dos cambiaron una seña, se alejaron del salón sin decir una palabra y se metieron bajo los pórticos del patio.
—¿De verdad sabes leer? —interrogó el gobernador.
—De no haber sabido, la señora no me habría tomado a su servicio como secretario. Aprendí a leer y escribir en la célebre escuela de Erzerum. ¿Por qué razón me haces semejante pregunta?
—Porque se ha apoderado de mí una insoportable duda que me hiela la sangre en las venas.
—¿Qué duda?
—La de que esa misiva sea falsa.
—¡Necio! ¿Supones que yo no conozco, después de haberlos visto en más de una ocasión, los sellos del sultán?
—No obstante, olfateo algún peligro. ¿Serán esos hombres auténticos mensajeros del sultán?
—Yo pienso que sí. ¿No has observado el imponente aspecto señorial de su jefe? Debe tratarse de algún visir… o cosa parecida. Yo entiendo de gentes notables.
—¿Y los demás?
—Parecen ser guerreros y tres de ellos nobles.
—¿Turcos?… ¡Hum! No lo considero así.