El León de Damasco
El León de Damasco —En lugar del rostro de los hombres, ¿te has fijado en la chalupa que los trajo?
—¿Por qué preguntas esto?
—Pues porque al mirarla hace poco pensé que por sus líneas no era una embarcación turca.
—¿Cómo dices, Hassard?
—Que soy mejor observador que tú, Sandiak. Yo estudio e investigo todo, en tanto que tú solo te entregas a libar vino de Chipre.
Sandiak se encaminó al embarcadero, seguido del armenio, y examinó detenidamente la gran chalupa de la capitana veneciana.
—¡Cuerpo de perro cristiano! —barbotó dando un respingo el capitán de armas—. Estás en lo cierto; esta barca no es turca.
—¿Dónde se encuentran los huéspedes?
—Con el detenido.
—En tal caso no podrán vigilarnos. Vamos abajo.
—¿Pretendes pescar cangrejos?
—Deseo examinar de cerca y con todo detenimiento la chalupa.
—Tienes razón; vamos.
Miraron a su alrededor y no viendo a ninguno de los huéspedes se aproximaron a la embarcación y la examinaron atentamente. No tardó en comprobar que tenía grabado a fuego la marca de procedencia: Mucenigo-Venecia.