El León de Damasco

El León de Damasco

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—Lo cierto es que me inquieta en gran manera el armenio y por esta razón he ordenado que no nos sirvieran café.

—¡Se envenena de tantas formas en Turquía y en otros lugares que no son Turquía! ¡Cualquiera sabe cuánta gente habrá mandado al otro mundo Haradja con un vaso de Chipre!…

—¿Por qué no vamos a dar una vuelta por la chalupa?

—Pensaba proponértelo. ¿Y sabes por qué motivo, Mico? Pues porque esta tarde, desde esa ventana, vi cómo el armenio y el capitán bajaban esa escalera…

—¡Rayos!

—Habla en voz baja. El sol ya ha desaparecido, la noche cayó. En consecuencia, bien podemos permitirnos el placer de ir a respirar unas bocanadas de aire fresco, de brisa marina en la ensenada. Pero primero prepara tus pistolas.

—No provoquemos sospechas, Nikola. Actuemos con los yataganes que no hacen ruido.

Se incorporaron, examinaron cada una de las puertas para cerciorarse de que no había kurdos escuchando, y se encaminaron al patio. Era ya un poco tarde, pero la noche, bastante clara, gracias al límpido cielo, lleno de relucientes estrellas que se reflejaban en las plácidas aguas del Mediterráneo, permitía ver bastante.


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