El León de Damasco
El León de Damasco —Ordena que nos sirvan la cena. A nosotros en esta estancia y a mi amo en la habitación del preso.
—SÃ, señor —convino inclinándose Hassard, con voz chillona y antipática.
Cinco minutos más tarde eran servidos los huéspedes, dejándoseles comer tranquilos. Muley y su padre fueron servidos con gran ostentación de platos y fuentes de plata y cristalerÃa veneciana soberbia. Los cuatro oficiales, Mico y Nikola cenaron aprisa para poder seguir velando por el León de Damasco. Media hora después el griego y el albano retornaban al comedor con la mecha de sus pistolas repuesta.
—¿Qué ocurre? —inquirió el segundo, dirigiéndose al primero, luego de haberse cerciorado de que nadie podÃa escucharles.
—Pues que esta noche, asà que duerma la guarnición, nos vamos a reunir con la flota veneciana.
—¿Y los centinelas?
—Los liquidaremos sin ocasionar ruido.
—¡Tan rápidamente! Empezaba a complacerme la vida en este castillo.
—Recelan de nosotros a pesar de la carta del sultán y de un instante a otro el capitán de armas, ayudado por toda la guarnición, podrÃa atacarnos.
—¿Embarcaremos en la lancha grande?
—SÃ, y cuanto antes nos marchemos, mejor.